lunes, junio 13, 2005

Nadie zafa nunca, by Fabi�n Casas

Hace varios a�os yo ten�a un amigo al que llamar� P que trabajaba en una agencia de noticias, en la secci�n de cultura. Era un muchacho nervioso y pasado de rosca. Viv�a estresado por millones de notas que se compromet�a hacer para otros medios y que, invariablemente, terminaba casi sobre la hora. Uno de esos d�as en que la redacci�n de la agencia estaba al dente les cay� la noticia de la muerte de Onetti. La editora de su secci�n le encarg� a P que se ocupara de conseguir comentarios de prestigiosos escritores sobre el uruguayo. As� que bien temprano, por la ma�ana, P llam� a Juan Jos� Saer a Par�s. Y nervioso y apurado como siempre, le dijo: "Necesito su opini�n porque se acaba de morir... Saer". Del otro lado de la l�nea se produjo un silencio demoledor y P casi palma de un infarto cuando se dio cuenta del fallido que hab�a tenido. Saer se ri�, le dijo unas cuantas frases de rigor sobre Onetti y, cuando vino a Buenos Aires a presentar Las Nubes, le escribi� a P una dedicatoria que dec�a: "Los muertos que vos mat�s gozan de buena salud".

Bueno, ahora me acaban de decir que se muri� Saer en serio, en Par�s, como consecuencia de un c�ncer de pulm�n. Y la verdad es que me afect� cuando me lo dijeron. Cosa que me sorprendi� porque Saer no me ca�a bien. Es decir, la persona cotidiana que haya sido Saer es algo que desconozco (s�lo estuve una vez tomando whiskies con �l junto con P, hace muchos a�os) y de ella hablar�n bien y mejor sus amigos �ntimos. Pero Saer en sus �ltimos a�os representaba a un tipo de escritor demasiado egoc�ntrico para mi gusto, siempre dispuesto a dejarse adular por lo que yo llamo el "s�ndrome del palco del Diego". Es decir gente dispuesta a hacer pogo con el Diez y practicar el sidieguismo a full. De ah� que cada vez que Saer hablaba de escritores, nombraba a los que estaban muertos o a los que de alguna manera eran clones de �l y, por consiguiente, no le llegaban ni a los talones. Por otra parte me daba verguenza ajena verlo despotricar de manera obsesiva, salieriz�ndose, contra Paulo Coello, obsesionado por el poder de venta de las giladas que escrib�a el brasile�o. Saer era y es para m� un escritor extraordinario y no lograba entender el por qu� de la fobia contra un tipo sin duda muy listo. Mucho tiempo despu�s me di cuenta que Juani, como le dec�an sus �ntimos, tambi�n quer�a vender mucho y en eso Coello es imparable. Todo esto que cuento puede parecer raro porque cuando uno se muere por lo general se lo celebra de manera autom�tica, ya que la muerte cubre todo con su velo de respeto. El muerto es alguien que acaba de entrar en el misterio. Y por lo tanto -como es alguien que se nos adelant� en eso que nos da tanto miedo- est� por encima de nosotros. Pero yo creo que esto es una estupidez y la mejor manera de hablar de una persona es, precisamente, diciendo lo que pensamos como si la muerte fuera un accidente que pone la cuenta en cero. Como dice Beckett en su ensayo sobre Proust: "Cualquiera que sea la opini�n que tengamos sobre la muerte, podemos estar seguro de que no tiene el menor sentido ni el menor valor. La muerte no nos ha pedido que reservemos un d�a libre". Por eso, en t�rminos de producci�n literaria, no creo que la muerte de Saer haya, como dicen hoy los diarios, "truncado una carrera literaria". Un escritor no es como un futbolista que siempre tiene que meter goles. Saer escribi� varios libros que lo ponen en un lugar de excepci�n en la literatura mundial. Cicatrices, El Entenado, Glosa, La vuelta completa, El limonero real, Nadie Nada Nunca, los poemas de El Arte de Narrar, sus relatos, etc�tera. �Cu�ntos escritores pueden jactarse de haber escrito tantos libros hermosos, peligrosos, inauditos? Libros que crean una po�tica y trabajan una zona donde otros escritores van a ir a buscar agua. Creo que uno de los fuertes legados de Saer es este: escribir la obsesi�n, se est� o no en la �poca que la merece. No escribir escuchando lo que est� "en el aire", si no crear un mundo nuevo para que en ese mundo se cree tambi�n un nuevo lector. Y tambi�n reconocer que la puntuaci�n es nuestra respiraci�n sobre el texto y que es una decisi�n �tica que no hay que dej�rsela a los correctores o a los gram�ticos.

Cicatrices fue el libro con el que me inici� en la aventura Saer. Un libro contempor�neo de Rayuela, pero infinitamente m�s riesgoso, a contra corriente de las modas y donde la voz del narrador ya estaba a pleno. Los primeros relatos de Saer (El taximetrista, Unidad de Lugar) y la novela La Vuelta Completa me encantan, porque muestran a un escritor todav�a inestable y no completamente seguro de su material. Y en ellos es notable la influencia de Onetti, Arlt y Joyce. Muchas veces me pregunt� si Saer habr�a le�do a Haroldo Conti. Creo que el narrador de Sudeste y En Vida es uno de los pocos que, en su momento, estaba a la par del joven de Serodino, escribiendo una literatura sin atributos. Pero era la �poca de la porquer�a del boom latinoamericano infectando las mesas de las librer�as. Y salvo el caso de unos pocos, no se los ley� bien a ambos hasta m�s tarde.

En una edici�n de El Porte�o, en 1987, C�sar Aira -dando la pelea por un lugar en el canon- escrib�a un ensayo interesante sobre Saer a quien acusaba de escribir muy bien. "Saer tiene la particularidad tan poco latinoamericana de que cada libro que saca es mejor que el anterior". Aira practicaba la t�cnica del elogio desmesurado para terminar mostrando que eso no era suficiente: "El modelo de Saer es el ejercicio de taller literario, basado en una consigna lo bastante inteligente como para que d� una buena novela, y ejecutado con la mejor destreza posible". Saer es un gran artesano -dec�a el listillo de Aira- por eso mejor ni leerlo. Pocas veces una cr�tica excesivamente a favor provocaba la sensaci�n -buscada, por otra parte- de que el objeto estudiado pod�a ser un fiasco. Creo que en un momento de la parte final de su obra -Las Nubes, la Pesquisa- queda la sensaci�n de que Saer era demasiado consciente de su talento como narrador y que por eso sus novelas dejaron de tener riesgo. Algo vital para tener despierto a algunos lectores que no leen ni a Coello ni al C�digo Da Vinci. Pero qu� importa, �no? Saer es un cl�sico: es decir, alguien que impone los criterios en los cuales va a tener que ser le�do. La descripci�n fenomenol�gica del corte del salam�n en las primeras p�ginas de Nadie Nada Nunca fueron un hit que pas� de boca en boca entre mis amigos como se cuenta un gol de Maradona. Y tambi�n est� Glosa, esa novela que, cuando la recuerdo, me llena los ojos de l�grimas y me pone la piel de gallina. Porque no se puede escribir tan bien. La escritura como algo f�sico. Como dec�a Borges, algo que impactaba como la presencia del mar. O el comienzo del Entenado: "De esas costas vac�as me qued� sobre todo la abundancia del cielo".

Algunos piensan a la literatura de manera deportiva. A m� me gusta pensar a la literatura como una constelaci�n fuera del tiempo donde conviven las obras m�s diversas. Las estrellas pueden estar muertas, pero la luz contin�a viajando hacia nosotros, ilumin�ndonos en la noche cerrada. Parafraseando a Andr�s Caicedo: Que le vaya bien, Saer, en estos primeros d�as de muerte.

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