jueves, marzo 18, 2004

LA DICTADURA DE LA DIVERSION

Si hay algo que he escuchado hasta el hartazgo en los �ltimos a�os en diferentes conversaciones dearrolladas en �mbitos muy distintos es la palabra "divertido". Utilizada, m�s que como simple adjetivo, a la manera de nuevo dogma conceptual que debe seguirse ciegamente si no se quiere correr el terrible riesgo de quedar en off side, fuera de onda, del lado de los "amargados", me ha tra�do m�s de un dolor de cabeza, no s�lo en mis relaciones personales, sino tambi�n en mi trabajo, donde tambi�n cultivo relaciones personales, claro.

Este art�culo de un reconocido analista pol�tico espa�ol reflexiona sobre el reinado absurdo de "lo divertido". Y no aburre. M�s aburrido es Tinelli.

Que lo disfruten.

DIVERTIDO

JOSEP RAMONEDA


Divertido: ameno, distra�do, entretenido. En estos tiempos post en que vivimos alguien ha decretado que todo es divertido. Es sorprendente la cantidad de veces que se oye esta palabra en el lenguaje com�n. �Qu� te ha parecido la casa de tal? �Ah! Muy divertida. �Me recomiendas este libro? S�, es muy divertido. �Qu� tal fue ayer? Divertido. �Te gusta este mueble? Es muy divertido. El colmo ya fue el d�a en que a un se�or de agenda llena y alta responsabilidad le pregunt�: "�C�mo lo llevas?". Y me contest�: "Intenso, pero divertido". Divertido parece ser la categor�a moral que colma las aspiraciones de la econom�a del deseo de la ciudadan�a en los tiempos fren�ticos que corren. Apartar o distraer la atenci�n de las cosas que puedan comprometernos, apasionarnos, incomodarnos u obligarnos demasiado parece ser el m�ximo grado de satisfacci�n disponible en el mercado. Si todo se compra o se vende lo que importa es el dinero, no la imaginaci�n o la pasi�n.
Decir de una pel�cula, de un mueble, de una pintura o de una relaci�n que es divertida, adem�s de revelar la pereza o incapacidad de explicar lo que se ha visto, demuestra la escasa implicaci�n con que se ha vivido y el nulo inter�s en que dure m�s que el instante de consumirla, es decir, de empezar a pensar en la compra siguiente. Lo divertido est� en la zona tibia de la capacidad de gozar, donde, aparentemente, no hay riesgo. Y en una sociedad que se siente sometida a todo tipo de riesgos, la principal preocupaci�n de la econom�a del deseo individual es evitar los riesgos o, en cualquier caso, buscar experiencias lo m�s pasajeras posibles para no darles la oportunidad de que penetren m�s all� de la piel.
En realidad, divertido es el t�rmino que corresponde al hedonismo light que viene del frenes� consumista y de la hiperactividad de una vida social hecha de prisas que necesita agenda incluso para el ocio. La regla de oro de la jaula divertida en que vive el ciudadano naif (consumidor, competidor, contribuyente) dice que nada se disfruta porque el principio es la compra y cualquier compra no es m�s que una estaci�n camino de la siguiente. No hay momento para la posesi�n, la pasi�n o el goce, porque �stos son exigentes: piden intensidad y nos colocan frente al riesgo del placer, que inevitablemente linda con la posibilidad de la frustraci�n o el sufrimiento. Divertido es un modo de decir: aparten de m� cualquier cosa que pueda dejar alguna huella sobre m� mismo. Por eso el personaje divertido se va haciendo cada vez m�s insulso, hasta que ya ni siquiera divierte o se divierte.
Divertido es el m�ximo nivel de placer que corresponde a aquello que se adquiere por Internet, se pide por tel�fono m�vil o se compra en un centro comercial. El placer de lo que est� hecho para ser olvidado tan pronto como uno lo tiene entre las manos. El placer de todo aquello que nos viene protegido, as�pticamente preparado y cumpliendo todos los requisitos de incontaminaci�n f�sica o moral. Este limbo vital es la consecuencia de lo que Marcel Gauchet llama "la integraci�n psicol�gica del mercado". El mercado era algo externo al individuo y a la vida: un mecanismo para el intercambio y distribuci�n de bienes y servicios. Pero el mercado ha ido penetrando en sus actores. De instrumento a ideolog�a y de ideolog�a a fuente de normatividad y de regulaci�n del comportamiento ciudadano. Si todo se compra o se vende, el propio ciudadano acaba entendiendo que su reconocimiento depende de su capacidad de comprar y de venderse. Puestos en el escaparate, en tanto que objetos de consumo, somos, nosotros mismos, susceptibles de ser juzgados como divertidos. Es lo m�ximo que se nos pide: que sepamos apartar la atenci�n de las cosas demasiado gustosas o demasiado desagradables. Que garanticemos que nuestro paso ser� breve, as�ptico y sin dejar se�al para la memoria o la melancol�a.
Usar y tirar. El problema es que cuando a uno le tiran no es nada divertido. Puede ser divertido tirar al otro desde la convicci�n moral de que todo est� hecho para ser tirado; puede ser divertido tirar la mercanc�a porque �sta es su condici�n, pero cuando uno se queda tirado descubre que en la l�gica de lo divertido hay, como en todo, ganadores y perdedores. Y entonces aparece la cruda pregunta formulada por Richard Sennett: "�Qui�n en la sociedad me necesita?". Siempre hay alg�n osado que no cumple las exigencias de lo que no se puede decir, y contesta: Nadie. Es la sociedad de la indiferencia en la que el ciudadano es reconocido como consumidor, como competidor, como contribuyente, como inventario de encuesta y como portador de unos derechos humanos dirigidos a una esencia abstracta del hombre m�s que a unos hombres concretos. Aseguran que fuera de esta jaula no hay cobijo posible. Pues s� que estamos divertidos.






1 comentario:

  1. Anónimo6:39 a. m.

    Fantástico artículo, Gracias por compartirlo!
    Carla

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