viernes, septiembre 24, 2010

Admiral Fell Promises, de Sun Kil Moon




Mark Kozelek no para: a las recientes ediciones de un disco en vivo -Find Me, Ruben Olivares / Live in Spain- y un libro que recoge buena parte de las letras de sus canciones solistas y con Red House Painters -Noches de tránsito, que ya tiene versión en español-, ha sumado este nuevo álbum de Sun Kil Moon, que podría llevar como subtítulo "más despojado que nunca". Se trata apenas de la cada vez más estacionada voz de Kozelek -quien ha declarado recientemente su forma de cantar de hace unos años no lo conforma hoy en absoluto- y una guitarra acústica como única compañía. Algo así como el esqueleto de los RHP. Los que compran el disco en la web del sello de Kozelek, Caldo Verde, se llevan de regalo un EP de edición limitada titulado I’ll Be There que incluye versiones de Stereolab, Casiotone for the Painfully Alone o Jackson 5. Al hombre le gustan las versiones exóticas: recuerden aquel magnífico What's Next to the Moon (2001) con covers s relajadísimos de temas del AC/DC de la época de Bon Scott.

sábado, septiembre 18, 2010

El Viejo León del Zoo, por Fabián Casas

Para Damián Ríos y Martín Gambarotta

La última vez que hablamos fue un domingo muy frío, por la noche. Me acuerdo que Guadalupe y yo estábamos metidos en la cama cuando sonó el teléfono y era él. Me dijo que tenía la computadora ocupada por sus hijos y que por eso aprovechaba para saber cómo iba el embarazo. Le dije que teníamos fecha de parto para la semana entrante y que no bien saliera Ana al espacio le íbamos a avisar. Desde que se había enterado que esperábamos un hijo, él nos hacía un seguimiento ginecológico-telefónico semanal. Me acuerdo que cuando le conté lo del embarazo se le quebró la voz y se puso a llorar. Me dijo que dar vida era lo máximo que uno podía hacer en el mundo, que él, ahora, estaba al servicio de sus hijos.

Cuando cumplí 21 años me fui de viaje por América con mis compañeros de Filosofía. Queríamos remedar el viaje del Che, pero sin que muriera nadie. Antes de salir del país, mientras parábamos en el camping de Salta capital, di en una librería con la obra poética completa de Juan Gelman, editada por Corregidor. Años después, Gelman me dijo que era una edición llena de errores, pero yo no estaba capacitado para identificarlos. De Gelman, en ese entonces, me gustaban hasta las erratas. Conseguí ese libro de manera curiosa. Le vendí mis botas naúticas al sereno del camping y con esa plata me lo compré. Lo raro fue que a la semana detuvieron al sereno robando en las carpas. No sé por qué, en vez de robarme las botas, prefirió pagármelas, lo cual redundó en el excedente del libro de Gelman y en que pasé unos días hermosos leyéndolo en el pasto y a orillas de los ríos donde acampábamos.

Era muy feliz. Aún hoy Cólera Buey me parece una obra genial y disfruto de los poemas de Sydney West y algunos que otros sueltos de los primeros libros. Como el del albañil Iraniaka, al que la muerte, cuando lo está pasando para el otro lado, le dice que tiene que venir también su corazón, pero él le explica que no puede porque su corazón "ha hecho su casa en una mujer". Estoy citando de memoria y puede que los versos no sean exactamente así. Porque muchas veces modifico los versos en mi cabeza hasta que me los apropio. Otro poema que me gusta es de Gotán, un libro de Gelman que causó sensación en su momento pero que ahora parece haber envejecido, ya que estaba muy apegado a la época. El poema empieza con este verso: "Al que extraño es al Viejo León del Zoo". De manera curiosa, cuando recuerdo este comienzo, le agrego el adverbio "verdaderamente". Es decir, que digo "Al que verdaderamente extraño es al Viejo León del Zoo". No sé por qué. Sin dudas, es mejor no empezar -ni terminar- con un adverbio, pero en mi memoria éste se vuelve necesario, como si anclara el verso en el corazón.

Parece que fue a un encuentro de escritores que organizaron en Montevideo. Le tocó un fin de semana muy frío y el hotel donde lo habían ubicado no tenía calefacción. Como también le iban a demorar el pago por los honorarios, es decir, no era en cash sino con factura a 60 días, él se puso en llamas y se hizo mucha mala sangre discutiendo con los organizadores. Consiguió que lo cambiaran de hotel y que le pagaran en el acto. Como era un encuentro de escritores, a mí me parece que debe haber jugado también la parte narcisista, y que debe haber tenido que encender día y noche su representación, algo que resulta muy desgastante aún para esos que, de alguna manera, hicieron de su personaje una segunda naturaleza.

El Viejo León del Zoo -porque ahora lo recuerdo así- era tímido y muy emotivo. Con la sensibilidad a flor de piel. Y para defenderse tiraba zarpazos y meaba el entorno en lugares inapropiados. Parecía estar siempre al ataque -y tal vez lo estaba-, pero nunca se había comido a ningún cazador.

La primera vez que lo ví fue en en un apart hotel de la avenida Santa Fe, donde vivía. Yo había leído algunos relatos suyos y teníamos amigos en común. Algunos de los cuentos me parecían muy buenos -como Japonés, una obra maestra-, pero lo que más me impactaba eran las fotos de su cara con las que ilustraba las tapas de sus libros. La de Pájaros de la cabeza, editada por Catálogos, era genial. Los pelos parados, las cejas levantadas en signo de alarma, los ojos desorbitados. Era la contracara de esa enfermera que te pide silencio en las paredes de los hospitales. Ese rostro parecía orbitar el caos, ser el caos. Ahora, mientras escribo, me imagino que él me hubiese dicho: "no pongas rostro, boludo". Tampoco quería que pusiera "torso" en vez de pecho. El apart hotel era un desastre. Entrabas por una galería que nacía casi sobre la 9 de Julio, subías unas escaleras y tenía todo patas para arriba. Recuerdo un mate volcado sobre una alfombra verde. Tenía un escritorio repleto de papeles y una computadora siempre prendida. Y un grabador con música folclórica, lo cual me sorprendió. No sé de qué hablamos aquella vez, pero nos hicimos amigos. Desde ese momento lo visité en diferentes casas, donde vivía solo o en pareja, con más o menos hijos, con hijos más grandes y más chicos. Siempre con pocos libros -suyos y de otros-, pero leyendo de manera persistente a los contemporáneos. Tenía algo particular con esto y que es esencial para una cultura: era un escritor que no bendecía a los que escribían como él. Le gustaban los que hacían lo contrario, los que expandían la paleta de colores sobre la que él trabajaba. No estaba generando su propio canon para que reafirmara su obra; es más, es probable que esos nuevos escritores cuestionaran sus textos. Con él se podía hablar, se podía discutir de igual a igual. Un don que pocas personas pueden sostener. Somos todos iguales, en esencia, pero muchos se olvidan de eso.

También quería que los escritores grandes -los que él admiraba- conocieran a los autores que él "promocionaba". Una vez me citó en un hotel donde estaba parando Saer. Cuando llegué, el Turco tomaba una copa de champagne mientras él y dos hijos suyos se comían todo lo que estaba en la mesa. Me dijo, con la boca llena, que le pasara mi libro al genio de Serodino. Eso hice. También le dije -para entrar en calor- que para mí había sido central leer sus libros, que era el escritor más grande del mundo. "Cicatrices", le dije. Saer me miró -aunque habló, no recuerdo su voz- y agarró mi libro y lo dejó caer entre su muslo izquierdo y el pliegue de la silla. Y debe estar aún ahí, porque no le volvió a prestar atención. Quique se me acercó y me dijo: "comé, que paga el Turco".

Volvió de Montevideo enfermo -por lo que pude reconstruir- y pasó unos días malos. Respirando cada vez peor. Igual no paró, vio gente, fue a comer a casa de amigos, escribió, leyó, se fue a nadar al club y, cuando el cuerpo estaba al dente, caminó hasta el Hospital Italiano para internarse. Ya lo había hecho varias veces. Se internaba, se ponía mejor, volvía a sus cosas... Sabía que en cualquier momento se podía morir, era algo que tenía presente, pero esto no lo perturbaba. No era un esclavo. Con relación a su muerte, era un hombre libre. Podría haber muerto mucho antes, un montón de veces. Podría no haber publicado nunca. De hecho, lo hizo ya mayor, a los 39 años. Ahora digo que toda su obra -que es grande- no le llega ni a los talones a él. No extraño sus cuentos, no extraño que no escriba más, que no vaya a leer cosas nuevas suyas. Extraño su voz, su risa. Su generosidad. Su mal genio. No reivindico su inteligencia. La inteligencia es algo que puede tener cualquiera. Es un don. Reivindico su bondad. La bondad es algo que uno trabaja, que uno aprende a ser. Su inteligencia, por ejemplo, puede hacer una reescritura cool del Orlando de Virginia Woolf, pero a mí ese relato -Memoria de paso- me deja seco. Es como un ejercicio de habilidad. Pero su coraje y su talento pueden escribir Los libros del caminante, tal vez su libro más querido por mí. No digo el que me gusta, digo querido. En ese libro él se estaba probando como novelista, tanteaba en abismo.

Después están Vivir afuera o En Otro orden de cosas, novelas que parecen irrumpir desde la literatura hacia la sociología. Y no al revés. Frescos de época. A mi lo que me gustaba de Quique era la forma en que vivía, a la marchanta, con una inmensa vitalidad. Para un conservador y depresivo como yo, era homeopático verlo avanzar entre el desorden, imponiéndose con sus gustos y disfrutando de sus diatribas. Como una torta de hojaldre, uno percibía que había tenido muchas vidas, muchas mujeres, muchos amigos, muchos muertos punks en su haber. Y muchos hijos. Dice Vera -su hija- que cuando era muy chica, él la llevaba en una bolsa de hacer las compras. Me quedé pensando largo tiempo en esa imagen. La precariedad de un bebé adentro de un objeto cotidiano y bamboleante como una bolsa. Ojalá yo pueda tomar algo de esa frescura a la hora de relacionarme con mi hija. Estas noches en las que camino en círculo con ella en mis brazos, para que se duerma, pienso mucho en Quique. Y siento que él también está nadando de noche. Con largas brazadas. La respiración, ya lejos del agobio de la historia, es perfecta. Va a la par nuestra. Eso me da fuerzas. De alguna manera, soy Fogwill.

lunes, agosto 02, 2010

Waiting for The Mundial, by Fabián Casas




EL ÚLTIMO LECTOR

Recuerdo una foto de Ernesto Guevara leyendo en la copa de un árbol durante sus últimos días, en Bolivia. Guevara escribió un diario y también algunos poemas. El diario del Che en Bolivia es un relato kafkiano genial. Es decir que los hombres de acción también pueden leer y escribir.

Es más difícil encontrar fotos de Maradona leyendo un libro. Hay una en la que está en una lancha hojeando una revista, pero no importa tanto que esté leyendo, sino que el punctum de la foto está en el habano inmenso y en el tatuaje de Guevara en su hombro al sol. Sin embargo, cuando a Maradona se lo acusa de alta traición, él decide leer.

Leyó un comunicado escrito por un ghost writer amigo suyo –y periodista- cuando salió a desmentir el ataque de Alfito Basile, quien lo acusaba de haber armado una camarilla para desestabilizar a su padre, el Rey del Talco. En ese momento, faltaban apenas días para que empezara el Mundial y el Diez no quería hablar de más (ya había sido sancionado por FIFA por un insulto famoso). Maradona, como Platón, es un logocentrista. Cree que la palabra de Dios es la palabra hablada. Y que la escritura es un mal menor, algo alejado de la vida, estéril y vacua, que suelen usar sus amigos y enemigos –depende de dónde se pongan-, los escribas pagos.

Ahora, cuando las papas queman de nuevo y Grondona decide bajarlo de la Selección, Maradona vuelve a ser el último lector, una página que podría agregar Ricardo Piglia a su famoso libro. Donde leemos: “quizá la mayor enseñanza de Borges sea la certeza de que la ficción no depende sólo de quien la construye sino también de quién la lee. No todo es ficción, pero todo puede ser leído como ficción”.

Maradona lee lo que le escriben, precisamente, porque no cree en lo que dice. Cuando Maradona no tiene dudas, pase lo que pase, entonces habla. La escritura, para él, es una manera de rebajarse. Leyendo torpemente, tiene algo del nuevo Charly García descafeínado que conocemos después de salir de la clínica de rehabilitación de Ramón Ortega. Por otro lado, cuando Maradona lee, no cobra, no trabaja. Es impensable, por ejemplo, que vaya a leer un comunicado escrito en el programa de Susana Giménez. Porque ahí hay money detrás y ellos pagan por el verdadero Maradona. El de las frases hirientes, el que se puede morir en cámara, mientras le subtitulan lo que dice. Y dice, por ejemplo “quiero ir a Irak”. ¿Se acuerdan?

Me encanta ese final de Reservoir Dogs, de Quentin Tarantino, cuando todos se apuntan entre sí. Hay un minuto tenso y largo donde uno piensa que no van a disparar, pero al final lo hacen, todos, y se matan, quedan en el suelo como cascarudos patas para arriba en una playa ventosa de Necochea. Contemos los muertos: Bilardo, Mancuso, Maradona, Grondona, Grondonita, Basile, Basilito, Ruggeri, Enrique, etc., etc.

Qué puntería descomunal. Aparte se tiran de cerca...

lunes, julio 12, 2010

Waiting for The Mundial, by Fabián Casas




LA INICIATIVA DALMA

Eran los meses previos al Mundial 74. Hacía poco que yo podía concentrarme viendo fútbol por TV en blanco y negro. Antes me aburría. Recuerdo que la Selección Argentina de esa época –la que lloró con la muerte de Perón– jugaba un amistoso en Wembley contra Inglaterra. Mi viejo estaba en piyama, sentado con un trago frente al televisor. Yo estaba parado detrás, con nueve años. Mi viejo ya era un hombre maduro con tres hijos. Un futbolero fanático del buen pié. “El Mariscal, el Mariscal”, repetía como un mantra entre trago y trago. Desde esa época, la palabra Mariscal me parece genial. El Mariscal era Perfumo. Mi viejo lo admiraba. Recuerdo que me largó una sarta de mensajes didácticos mientras veíamos el partido. “Mirá la clase que tiene, mirá cómo la lleva atada. Cómo siempre se la da redonda. Pega cuando tiene que pegar. Éso es personalidad, si no te pasan por encima! Ah, ¡el Mariscal, el Mariscal!”. No me acuerdo cómo salió ese partido, me parece que empatamos.

Tiempo después leí un libro demencial de Reynaldo Arenas que empezaba con esta frase: “Vienen por el corojal”. Recuerdo que me encantó porque en un sustrato mental donde quedan instaladas todas las cosas que amamos, yo escuché que decía, en verdad, “vienen por el Mariscal”. Porque eso fue lo que pasó ni bien pasamos a los bifes y jugamos el Mundial 74. El Mundial 74: yo todavía muy joven y con la idea de país en el corazón… La juventud peronista llenando las plazas y la revolución a la vuelta de la esquina… Mi primo –mi hermano mayor, que vivía en la pieza de adelante de casa- tomando su facultad y recorriendo las villas para pasar cine e instruir a los que no tenían nada. El Hospital de Niños en el Sheraton Hotel. Ayala y Heredia, dos jugadores hermosos del Casla, y mi hermanito más chico fanatizado con René Houseman. Lo cierto es que vinieron por el Mariscal. La situación se repitió: mi viejo y yo sentados para verlo jugar contra la Holanda de Johan Cruyff y Rinus Michels. Holanda, una selección con ropa naranja, extravagante, que concentraba con sus mujeres y hacía un culto del viva la pepa y estaba en contra de todo lo que fuera conservador en el fútbol, nos dio un pesto demoledor con cuatro goles de regalo.

El Mariscal no pudo parar a nadie porque Argentina jugaba con marcas asignadas y los holandeses no jugaban con puestos fijos. Circulaban a un toque por pelota. No retenían el balón más de lo necesario y siempre había tres triangulando para mostrarse de descarga. Era el famoso fútbol total y creo que desde esa época no hay una renovación del juego de esas dimensiones. Había un crack, Cruyff, pero lo secundaba un equipo letal. Así como los escritores argentinos no tienen que soportar el peso de una gran tradición -eso los debería volver más libres y osados, Borges dixit, los holandeses tampoco estaban sujetos a estos mandatos y pudieron inspirarse libremente en otros deportes, como, por ejemplo, la circulación del handball. Tomar algo establecido y ponerlo en estado de riesgo , de incertidumbre, pero hacerlo con alegría y disciplina ¿Hay algo más perfecto que esto?

Hace poco mi sensei de karate paró la clase y le preguntó a una alumna por qué estaba enojada. La chica tenía el ceño fruncido. “El karate es alegría, si no para qué lo hacemos”, le dijo. Johan Cruyff, cuando seleccionaba jugadores tanto para el Ajax como para el Barcelona, miraba detenidamente las fotos de los aspirantes tomadas durante el juego: si tenían los puños cerrados o cara de crispación, no eran tenidos en cuenta. “Queríamos gente que se divirtiera jugando”, dice en el libro Mis Futbolistas y yo. Cruyff también les pedía a sus jugadores disciplina táctica dentro de la cancha. Y generosidad para con sus compañeros. Con Rijkaard, por ejemplo, siempre tuvo conflictos por su pereza para marcar. “No tenés que esperar que recupere el balón tu compañero, tenés que colaborar vos”, le decía el genial número 14 de la Naranja Mecánica. Para Cruyff, recuperar, ser solidario, no jugar sólo para él, era fundamental para ser un crack.

Pienso en esos jugadores que en un córner rival se están acomodando la melena para seducir a futuras botineras a través de las fotos del diario de mañana. Ser observados a través de la intrusión poderosa de la tecnología –movileros orbitando el césped, cámaras arriba, abajo y en el piso, celulares hasta en el orto, ¿cuánto falta para que un jugador juegue con una microcámara que nos permita ver desde adentro, como en la Fórmula uno?- ha ido debilitando el pathos del jugador, que no tiene alguien encima que le imponga disciplina táctica y vital.

Esteban Schmidt me recordaba en una cena reciente esa frase de Celine en el Viaje al Fin de La Noche, la que dice que el descubrimiento del hielo debilitó a los soldados durante la guerra porque los hizo dejar de disfrutar el agua o el alcohol como lo venían tomando hasta ese momento. Con hielo o sin hielo, o con soda, mi viejo quedó demolido cuando el Mariscal terminó gateando por la fuerza centrífuga del esquema naranja instalado por Rinus Michels.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento del diario Olé donde trabajé, me tocó editar las columnas de Roberto Perfumo. Le conté al Mariscal de esa tarde fatídica con mi viejo, de cómo él no podía sostenerme la mirada por la debacle total de su ídolo. Porque en algún lugar de su ser intuía que su hijo había avizorado un futuro mejor por el qué vivir –se había enloquecido- con la propuesta demoledora de la Holanda de Cruyff. No era cuestión de países ni de himnos cantados llorando, esas boludeces que irremediablemente llevan a la guerra. Era cuestión de mezclar, de tomar de todos lados, de hacer la revolución de la alegría, en la cancha y en la vida, como la pregonaba mi primo. Perfumo, me dijo: “Nosotros no sabíamos a quién marcar. Parecía una anarquía. Cualquiera jugaba en cualquier lado. Era algo nuevo que nos estaba pasando”.

Llegó la final del Mundial que miramos todos en casa a la hora del almuerzo, un domingo nublado. El comienzo de ese partido es el mejor comienzo de la literatura universal. Una idea de plasticidad y belleza puesta al máximo. Holanda tocó la pelota en su campo, la hizo circular de un lado a otro hasta que Cruyff la puso bajo la suela, encaró a la defensa alemana y le hicieron penal. Pateó Johan Neeskens y fue gol con apenas dos minutos de juego. Qué haiku inmortal para los que nos gusta el fútbol! Ningún alemán la tocó hasta que Sepp Maier la fue a buscar al fondo de la red. En el libro que cité más arriba, Johan Cruyff dice algo muy particular, que sirve para marcar toda una personalidad. Dice que le gustaban como arqueros muchos jugadores. Nombra a Yashin y a Banks, pero se queda con el brasileño Gilmar porque “aunque a muchos les pueda parecer una bobada, el nombre Gilmar suena precioso”. ¡Qué crack!

Ayer, en la final del mundo, el espíritu de Johan Cruyff reinó y se llevó el título. El fin nunca justifica los medios, como quieren los abanderados de la real politik. Hay que formar a los jugadores desde la inferiores, educarlos, hacerlos generosos, intrépidos y con un gran respeto por el adversario, sin el que no somos nada. Diego Maradona fue un jugador descomunal. Un rebelde táctico bendecido por un don. Los jugadores del porvenir deberían aprender eso de él. El maradonismo, en cambio, la alternativa Dalma, es un estado conservador –aunque a muchos librepensadores les parezca la encarnación de Charles Bukowski–, la perpetua repetición del error conceptual más doloroso para una persona: creer que el destino nos debe algo, que encarnamos el ser universal, que somos el pueblo elegido, la raza pura, los condecorados por Alá, puro merchandising barato y de corta duración, pero que suele costar sangre, sudor y lágrimas.

jueves, julio 08, 2010

Waiting for the Mundial, by Fabián Casas

LOST


Muchos se preguntaban por qué la gente fue a Ezeiza a aplaudir a la Selección en su regreso. Es que no todos saben que es una costumbre argentina aplaudir cuando hay un niño perdido en la playa. El plantel del Gordismo, que hasta hace poco se imaginaba en la final del Mundial, de golpe tomó la aerolínea Oceanic e irrumpió con los pies para adelante en un bonus track de Lost.

Estaba perdido Heinze, que ahora va a tener que practicar sus muecas tribales en el espejo del botiquín del baño, estaban perdidos los dos patovas de la UOM que aconsejaban a Maradona en cónclave como si el fútbol fuera un arte complejísimo, estaba perdida la Brujita Verón, que se tuvo que bancar más de un mes encerrado en una habitación con un niño dormido y encima se quedó afuera del partido con Alemania. Y estaba perdido Tévez, el jugador del pueblo, porque el pueblo es algo que, como el crimen, no paga. En realidad, en nuestro país mediático, el pueblo mutó en "la gente". Porque desde los festejos del Bicentenario en adelante, empezó a ganar cuerpo un concepto nuevo que se podría denominar como "la gente". Kirchner y los demás políticos de la oposición -que lo marcan en zona y lo suelen perder en los corners- parece que se mueven siguiendo lo que dice "la gente".

Macri manda a hacer encuestas para ver cómo está el humor de "la gente". Durante los festejos que paralizaron la 9 de Julio e inflamaron la gola con tanto himno nacional a capella, parece que "la gente" dio ejemplos de concordia a seguir. "La gente", analizan los sociólogos y consultores, mostró que nuestro país está cansado de la política de la confrontación. Tomemos nota. Los que se encargan de la publicidad, tampoco anduvieron con trazos finos: "santen el himno como nadie lo puede cantar", "llenemos los bares y festejemos".

Los símiles de la retórica del combate estuvieron a la orden del día: "Once guerreros", "Héroes", "Diego es como el Che". Pero lo cierto es que Guevara no sólo no se hubiera tatuado a Maradona, sino que también, de tenerlo en sus filas, con lo poco afecto que era al consumo de estupefacientes, lo hubiera fusilado. Para el doctor Guevara Lynch, la revolución no era un sueño eterno. De manera que la cantinela chauvinista de nuestro país, donde vive "la gente", se dio de bruces con un equipo dinámico que era dirigido por alguien más parecido a un curador del Malba que a un DT de fútbol. Lo que hay que reconocerle a Maradona y a su equipo técnico (incluído el cerebro de Ruggeri) es el aporte táctico nunca visto de jugar sin mediocampo. Es decir, lograr el efecto gravitacional de hacer desaparecer a los jugadores del medio y tratar de no jugar con laterales que marquen y ataquen. Algo así como pasar al fútbol el Experimento Filadelfia que practicó en secreto el ejército de los Estados Unidos cuando se puso a jugar con la antimateria. Bien, siamo fuori.

La pregunta es si para el próximo Mundial vamos a tener que construirle de nuevo a Messi la cajita feliz. Maradona eligió festejarle el cumpleaños sólo a él -aunque, como protestó Tévez, también había cumplido años Pastore-. Le pusieron un jugador de autoayuda en su pieza, para que lo oriente -Verón- y hasta llevaron a un defensor malísimo -Garcé- para que Lio lo pudiera eludir sin parar en los entrenamientos y fortalecer su autoestima.

La consigna era rodear a Messi para que estuviera contento y explotara. Hace muchos años los padres porteños solían llevar a sus hijos -o hacerlos llevar por un amigo- a debutar con una prostituta. Esta costumbre generó ciertos traumas. Por suerte, otras generaciones pudieron elegir cu{ando y con quién tener sexo. No se le puede imponer la banda de capitán a alguien que no quiere serlo. Por un lado, se le dice que es nuestro preferido, pero sólo en el nivel de la representación, porque en la cancha se lo sanciona sacándole a los jugadores de buen pie con los que Messi, sin dudas, quiere jugar.

No hay nada que hacer, el único que podía parar a Messi era Maradona. Por eso quiso ser el técnico de un Mundial que parecía hecho para encumbrar al delantero del Barcelona. Mientras de la boca para afuera lo sostenía, en la cancha le fue sacando todos los soldaditos con los que Messi prefería jugar: el Kun, Verón, Pastore...

El Gordismo, se sabe, se retroalimenta tanto en la derrota como en la victoria. Maradona, como el Terminator malo de la segunda parte de la saga, puede quedar derretido en el suelo y , en segundos, materializarse de nuevo. Tiene muchas vidas, ya lo sabemos. Y ahora está apoyado con el siga siga del Gobierno y el programa cómico 678. Hasta que Messi no se plante y se lo saque de encima, no hay posibilidad de buen final, al menos para el jugador rosarino. El poder es adictivo. Nadie quiere irse de ahí.

viernes, mayo 21, 2010

Waiting for The Mundial, by Fabián Casas

¡LISTA EL POLLO!

Mi viejo está pasando por un momento de demencia senil, potenciado por los años trabajando en el corazón de la farándula y sus 82 sobre la tierra. Lo cual hace que con mis hermanos a veces tengamos que tratarlo con cierto tacto, siguiéndole el apunte con todos sus berrinches. Ahora, por ejemplo, hace una semana que está encerrado en su dormitorio como si se tratara de una nave espacial, rodeado de revistas deportivas que lee en voz alta y escuchando la televisión a todo lo que da. Así que con mis dos hermanos decidimos darle la noticia de una manera estudiada, pero cuidándonos en no mentirle. Hicimos una ronda de consultas con su médico de cabecera -el hijo de Fidel Pintos- y concluimos que la verdad es sanadora aunque -como cantaba Serrat- no tiene remedio. Soy el hijo mayor y tuve que entrar a su pieza para hablar con él. Una pieza oscura apenas iluminada por el velador de la mesita de luz y el chispazo intermitente del televisor color. Lo primero que me impactó es que mi viejo no estaba en la cama. En su lugar -el costado izquierdo donde él durmió siempre, dejándole el derecho a mi madre- había un bollo hecho con sábanas revueltas y unas cáscaras de fruta que debe haber estado comiendo. Papá, dije, papá. Acá, acá estoy, me dijo una voz melancólica que venía del extremo derecho de la habitación, exactamente de arriba del placard. ¿Qué hacés ahí arriba?, le pregunté. Nada, me dijo, y se arrojó sobre la cama como un gorila que una vez vi en un zoo de Berlín. ¿Qué querés?, me dijo, tapándose con las sábanas. Mirá, te quería avisar que dieron la lista. ¿Dieron la lista, dieron la lista?, empezó a repetir. Sí, dieron la lista y vos te quedaste afuera del Mundial. No, no puede ser, ¡¡qué Gordo traidor!!, gritó, agarrandoun diario y haciendo una pelota con él. Sí, dije, te quedaste afuera, no vas al Mundial, y traté de agarrarle la mano, enfatizando mi tristeza, tratando de ser cómplice en su dolor. Pero él me la sacó de un golpe y empezó a mirar con su mirada vacía, tan característica, por encima de mi hombro. En los últimos tiempos, mi viejo se la pasa mimetizado con el televisor, como Chance Gardiner, el genial personaje interpretado por Peter Sellers en Desde el Jardín. “Toti Passman tenía razón”, empezó a murmurar como en un mantra, “Toti Pasman tenía razón”... Tratando de ayudarlo a salir del pozo anímico, le dije que estaba bueno no formar parte de una Selección que, en vez de ayudar a un pueblo destruido como el de Haití, por el contrario, se encargó de gritarle a su Selección cuatro goles en la cara, como si se los hiciera a Alemania y por la final del mundo. También le dije que Maradona había dejado al Pocho Lavezzi afuera. No puede ser, ¿el Pocho?, me dijo agarrándose la cabeza. Mi viejo es fanático de Lavezzi desde que éste la rompió en el Casla. Y poniendo énfasis, di el golpe fatal: y lo llamó a Garcé. ¿Quién es Garcés?, dijo mi viejo. Un jugador de Colón. Dicen que lo llamaron porque tiene "buen vestuario". ¿Qué significa "buen vestuario", dijo mi viejo. Que está siempre de buen humor y ayuda a la gente, que es generoso, como una ONG, le expliqué. Y mientras repetía el mantra del Toti Passman, saqué de mi bolsillo trasero, sin que lo notara, el dardo que usaba Daktari para dormir a los animales y se lo apliqué en la yugular. Todavía me queda en el alma su mirada intensa y recriminatoria, antes de ponerse a dormir como un lirón.

lunes, abril 26, 2010

Waiting for the Mundial 2 (Sudáfrica 2010), by Fabián Casas

Todas las mañanas cuando hago mis rezos en dirección al Gasómetro -actual Carrefour- a Dios le pido, como diría Juanes, por lo menos tres cosas: 1) que mi viejo, cuando le toque pasar para el lado oscuro de la luna, lo haga durmiendo y no sufra, 2) que mis seres queridos conserven la salud y la alegría y 3) que, por favor, por favor, el Gordo no gane el Mundial. Eso sería insoportable. ¡Una verdadera entropía de megalomanía 12, 7 en la escala de Ritcher!

Pero mientras calentamos motores para la gran fiesta de Mandela, nuestro fútbol local sigue dando tela para cortar. De este campeonato, se pueden sacar varias conclusiones. Es tan flojo el nivel de los equipos que cualquiera que tenga, por ejemplo, a Pedro, saldría campeón cinco fechas antes. Con Iniesta o Xavi, campeón, bicampeón y Libertadores incluida…

Tan berreta es el fútbol que estamos viendo que preferimos poner los ojos y los oídos en lo que se cocina en los vestuarios. La pelea entre Riquelme y Palermo es como la de esos matrimonios amigos que te liquidan con sus gritos las navidades y los cumpleaños. Un consejo para esos muchachos: retírense. Otro consejo: si viene la barrabrava a pedirte money para viajar a Japón, Villa Gesell o Sudáfrica, decile que sí, que tienen guita pero para hacer una cooperativa, para iniciarlos en la autogestión. Guita para que estudien, coman y aprendan a leer y escribir. Para que desarrollen sus potencialidades y no se la tengan que pasar, todos los domingos, de espaldas a la cancha y encima del paravalancha, gritando para nada. O al servicio de dirigentes de mierda. Si en una Guerra Mundial las potencias se hubieran ahorrado toda la plata que gastaron en bombas y submarinos, aviones y barcos destructivos, creo que hubiera comido todo el planeta sin problemas. La campera ultimo modelo de Guardiola, vendida en la feria de Solano, puede servir para que coma todo el Conurbano.

El hombre es el animal más estúpido que existe. Puro ego y gol y gol ¿Para qué carajo sirve ser el goleador más grande de todos los tiempos si tu equipo está en el horno? Respuesta: para nada. Me imagino a Palermo sensible, sentado en su casa, a una edad crepuscular, diciéndose a sí mismo : "soy el goleador más grande de Boca de todos los tiempos".

Y antes de concluir esta nueva entrega, quiero tirar para siempre un mito que anda dando vueltas por ahí en el fútbol y que ya es un secreto a voces que todos sabemos pero que nadie se anima a escribir. El mito de que el fútbol es para hombres. Cuando un técnico quiere alabar a sus jugadores, dice: "tengo un equipo de hombres" o "me demostraron que son hombres". ¿No es extraño resaltar tanto algo tan evidente? No, porque todos los jugadores de fútbol son gays. Las botineras híperpulposas que los orbitan no hacen más que resaltar lo que se quiere ocultar. Todos los jugadores de fútbol son gays, repito. Esto pasa tanto en las largas concentraciones como en los pasillos del Vaticano. Se decía que x se había acostado con z y que por eso lo sacaron de Boca. Se decía que el comentarista x le daba bomba al delantero n y por eso lo celebraba en sus análisis tácticos. Se dicen todas estas cosas que forman el folklore del fútbol como si fueran excentricidades. El mismo Daniel Facharella declaró que no quería jugadores homosexuales y con arito en sus equipos. Bien, malas noticias para todos estos conservadores: todos los jugadores de fútbol son gays. Es hora de que salgan del ropero y del vestuario. Que blanqueen la pasión por arrojarse encima de un compañero en el festejo del gol. Basta de equipos de "hombres". Como cantaba Moris: "el hombre tiene miedo de ver a la mujer que hay en él".

lunes, marzo 08, 2010

Waiting for the Mundial 2010 - Capítulo 1, by Fabián Casas

Antes que nada tengo la necesidad de contar que yo había arreglado para sacar estas columnas en un nuevo diario que va a editar Jorge Lanata previo al Mundial. Pero debido al éxito que tuvieron en su primera performance, la gente de Mal Elemento me metió presión y consiguió amedrentarme. ¿Cómo hicieron? Le dieron vía libre a Gervasio Mierdisky, un periodista que trabaja buscando en los archivos de la SIDE y que de inmediato te saca a la luz alguna cagada que te mandaste de purrete y te aprieta con la promesa de publicarlo a los cuatro vientos. Así que reculé antes de que Mierdisky meta las narices en el barro, y acá estoy escribiendo nuevamente para Bad Element en la previa al Mundial de Sudáfrica.

Definitivamente, todos los especialistas coinciden en que Juan Román Riquelme no va a jugar para la Selección. Una pena. Porque a uno como espectador le hubiese gustado ver cómo se cocinaba el guiso del Emo con el Gordo tanto adentro como fuera de la cancha. Una baja dramática importante. La Selección, después de Alemania, parece haber levantado un poco los cachetes. Algunas cosas importantes para decir antes de que las papas quemen: Maradona no es un técnico que hace jugar a su equipo como él jugaba en la cancha. Esta es una discusión bizantina. El fútbol de Menotti ("vamos, Pelado, pase por atrás") que representaba el jogo bonito y la libertad compositiva, en realidad eclosionó en la época más oscura de nuestro país. Y, nos guste o no, fue funcional a la dictadura militar.

Maradona, en sí mismo un revolucionario en la cancha, es un técnico especulativo, conservador. Así que de parte de Argentina, salvo que pase algo extraño, vamos a ver un Mundial comprado en cuotas. ¿Lo podemos ganar? Claro, ¿acaso Italia no ganó varios mundiales colgada del travesaño? ¿Y por qué piensan ustedes que el Gordo está desesperado porque entre Ruggeri en su cuerpo técnico?. Porque Ruggeri es el DT en las sombras y en las sobras. Un cultor de la mala leche y los partidos raspados, berretas y aburridísimos. ¿Alguien hizo la prueba de interpretar los labios del Diez cuando da indicaciones? Yo lo hice con un experto en descifrar lenguajes y criptografías y me dijo que Maradona no da indicaciones normales, que, por el contrario, sólo repite eslóganes de su cosecha. Por ejemplo, cuando atacaba Alemania, se acercó a la media cancha y gritó: "¡Mascherano y diez más, Mascherano y diez más!". Y cuando el Pipita Higuaín metió el gol, hizo como que ordenaba el equipo pero en realidad decía: "¡tirá, puto!".

Otra cosa para destacar del Diego es la tortura psicológica a la que está sometiendo a Palermo. Después de que el Titán le salvara la panza y le permitiera hacer el avioncito de carne sobre el césped anegado del Monumental, sólo dijo: "Palermo está adentro en un 95%". Antes del partido contra Alemania, lo estiró un poco más: "Palermo esta casi, casi, casi adentro". Genial.

Y mientras tanto unos ropes como Samuel y Heinze ya tienen hechas las valijas rumbo al país de Franz Beckenbauer. Los mozos, cuando no tienen Coca Cola, preguntan ¿Pessi puede ser? ¿Messi puede ser? Hoy lo vi hacer un gol descomunal de tiro libre. Hoy vi jugar al Barcelona como los dioses. El equipo más cool del mundo. Casi, casi como una película de Tarantino. Con esas camperas de invierno que tienen los jugadores, que si vendieran una, comen todos los chicos de Africa. Con ese técnico tan elegante que sin duda es el coach más hermoso del mundo. Es difícil dejar eso atrás para ir a una piecita a escuchar cumbia con Tévez. Creo que Messi se siente en la Selección como los muchachos que eran nuevos en el aula en el comienzo de clases. Para que pelaran, tenían que entrar en confianza. Iniesta (el mozo) y Xavi (ese tipo que tiene cara de vendedor de autos de las concesionarias, con su pelo engelado y su piel tostada) son dos turbinas descomunales que hacen que el crack rosarino levante vuelo. Pero el Guionista odia el éxito fácil. Ahora va a tener que pasar una temporada sin ellos, en las tierras del gran Nelson Mandela, quien, aunque los gordistas lo ignoren, hizo por el mundo cosas mucho más profundas que Diego Maradona.

Muchos argentinos se indignaron porque Messi no sabía cantar el himno. Son los mismos que se emocionaban cuando los gordos emos de los Pumas lloraban emocionados con las estrofas patrias. A mí eso me empezó reconciliar con Messi. Messi puede ser.

martes, febrero 16, 2010

Programa 3 en FM Touché del 12/02/09

Artista invitado: Peri Decuzzi

11th Dimension (Julian Casablancas)
Kids (MGMT)

Dandelion (Charlotte Gainsbourg)
Bonnie & Clyde (Serge Gainsbourg)

Lagos del sur (Manuel Moretti)
Nubes toman formas tontas (Pez)

Móvil de Strozza - Comuna de San Roque - Cosquín Rock 2010.

Sin hilo (Las Pelotas)
Viva Belice (Daddy Antogna y los de Helio)

I had a talk with my woman (Tim Buckley)
Kerouac (Morphine)

Loco por tu amor (Los amigos invisibles)

Walk with you (Ringo Starr)
Strawberry fields forever (Ben Harper)

Panic open string (Calexico)

Móvil de Lingenti - Hipódromo de San Isidro - Beyoncé.

Sleepwalking (Tom Verlaine)
El pitogüé (Isaaco Abitbol)

Don't call me darling (The Fall)