domingo, junio 28, 2009

Uno, dos, tres, muchos Michael

Hay por lo menos dos Michael Jackson, y eso no sólo tiene que ver el insólito cambio de fisonomía a fuerza de quirófano del Rey del Pop fallecido esta semana. Uno es el que revolucionó la música negra con dos discos extraordinarios: "Of the Wall" (1979), inicio de su relación con un personaje fundamental en su carrera, el productor Quincy Jones, y "Thriller", continuidad de ese vínculo y divisoria de aguas en la historia de la industria musical: cuarenta millones de copias vendidas, siete cortes de difusión convertidos en hits sobre nueve tracks, ocho Grammys y una persistencia inusitada en el imaginario popular planetario. El otro es el que protagoniza una historia cuyo desarrollo sirve perfectamente como modelo ejemplificador para los razonamientos que objetan experimentos inescrupulosos como "Bailando Kids".

El chiquito que rezó en el trampolín, implorándole a Dios por "el disco más vendido de todos los tiempos" antes de saltar a la piscina -el propio Jackson lo reveló en el libro "Moonwalk (1988)- y, según confesó más tarde, recibíó unas cuantas palizas del inapelable Joe, antes que padre, manager de mano dura de los Jackson Five. Ese chico fue el adulto que años más tarde no puedo tolerar retroceder ni siquiera un centímetro en términos de fama, ventas y éxito, ese objetivo al que la libido de la sociedad está apuntada desde que los medios de comunicación de masas funcionan como aparato ideológico por excelencia. Cuando Michael pensó que con los asombrosos números de "Thriller" no era suficiente, empezó su camino hacia ninguna parte: intentó evitar que Quincy Jones recibiera un Grammy por su trabajo, compró los derechos del catálogo de la banda más popular de todos los tiempos, The Beatles, se enredó en matrimonios mediáticos, emprendió viajes a lugares exóticos, sugirió que era un personaje clave para el derrumbe del comunismo e intentó revelarse como protector de los niños de todo el mundo, un afán que terminó despertando más sospechas de perversión que verdadera filantropía.

El día que Jackson cedió su megaéxito "Beat It" al entonces presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan para que sea utilizado en una campaña televisiva que alertaba sobre el peligro de tomar alcohol entes de conducir, se ocupó de chequear el contenido de la campaña y la aprobó con firme convicción: una de las imágenes mostraba la mano de un esqueleto tomando la de una persona viva, obvia referencia al fresco de la Capilla Sixtina que muestra a Adán tocando la mano de Dios, como advirtió lúcidamente el crítico y ensayista norteamericano Greil Marcus. Michael se proponía gustoso como deidad, sin saber que esa manifestación inequívoca de megalomanía suponía, antes que su consagración personal, un camino sin retorno. Si, siguiendo con el análisis de Marcus, los Sex Pistols habían propuesto al público que eligiera decir sí o no a ellos, al trabajo, al ocio, a Dios y al Estado, activando así la impresionante revolución punk, Jackson -con su omnipresente "Thriller" como mascarón de proa- logró el dudoso triunfo de que nadie pudiera elegir: no tenía por qué gustarnos, sólo había que admitir que formaba parte de nuestras vidas. Como pretenden la TV, la religión y todos los dogmas de esta era de la hipercomunicación, que acaba de perder a uno de sus íconos más significativos.

sábado, junio 20, 2009

The Last Che (sobre el film de Soderbergh), by Collo Damore

Mucho más que en ponerle un eslabón más a la cadena de películas -que se hicieron desde el mismo año de la revolución- sobre el Che Guevara, una lenta edificación de un héroe humano en busca de la perfección, Steven Soderberg construyó, en esa supercinta de cuatro horas -dividida en dos partes-, al último Che.

"Che-Guerrilla" es un film distinto a su precedente, "Che, el argentino", que tiene una mirada autorreferencial del mito, nutrida, aunque bien relatada, de acero, de una sinceridad a prueba de balas y de una seducción provista por el actor (Guevara y Del Toro, como dice Peri Decuzzi, Brad Pitt en rubio).

El montaje de la primera parte abarca el derrotero de la lucha armada en Cuba -la revolución misma-, y su correlato es el liderazgo del Che en la asamblea de la ONU, presidiendo la delegación cubana. Vale aclarar, estas partes siempre en blanco y negro, como el registro testimonial (el-do-cu-men-to) de que el hecho que se está contando, la revolución, tuvo su éxito. Que ese hombre que luchó tuvo su premio.

La segunda parte del film es una experiencia cinematográfica vital, aunque sabemos que acá el personaje principal palma. Soderbergh aprovecha de otra manera el ambiente de selva con respecto a la primera parte. Puede decirse que la primera parte es realista y la segunda es naturalista. Aunque el naturalismo pueda ser una variante extrema del realismo, sí, hay una diferencia clave entre ambos. Mientras el realismo interroga la causalidad social de los conflictos (con resolución o no), el naturalismo remite a la determinación biológica contra la que la lucha del hombre se hace inútil. El film no es un whodunit (la resolución de un enigma, en este caso relacionado a las traiciones que padeció el Che y lo llevaron al cadalso); no es necesario meterse en la complejidad de ninguna red de conspiración, por eso la pantalla vibra con el agua, con el cantar de los pájaros, con un verde que recuerda al bosque en el que Gus Van Sant metió a Cobain en "Lasts Days", el biopic, mejor dicho el antibiopic, del líder de Nirvana. En el final muere la cámara (¡¿Soderbergh se parece a Shohei Imamura?!) Y así se va, si se hace justicia cinematográfica, el último Che de la historia del cine.


P/D: estaba viendo en las carteleras que este es un film ATP, como UP, una aventura de altura. Todo Pixar me tiene un poco harto con sus moralejas bastardas, ya está, dejemos de joder, "Wall-E" en los próximos veinte años será más cuestionado que Jonás Gutiérrez. Formemos nuevos cinéfilos que cuando tengan treinta años cuenten: "mi viejo me quería llevar a ver UP, pero no había entradas y nos metimos en la del Che, que era ATP Creíamos que era una de guerra. Pero no, era de la vida. Cuando terminó nos fuimos abrazados y ahí empecé a amar el cine".

viernes, junio 19, 2009

BAUTISTA

Los hermanos esperan impacientes, mordiéndose las uñas...
cuando le avisan al padre que nació su cuarto hijo
y sale a fumar solo, mira fijo el edificio Bernasconi,
ese edificio fue declarado de interés cultural.
Y su hijo no le interesa a nadie. La cultura de su hijo
empieza a depender de todo lo que piensa, fumando,
cuando mira al Bernasconi:
"lo imponente de estas construcciones
es que desaparecen, se hunden..."

Bautista es un nombre sacado de la biblia,
al azar.
También podría llamarse Ezequiel, o
Lucas. La biblia es puro azar.
El azar destruye,
en el destino un estigma. Dame un nombre,
dame un talismán.


"Bautista", poema de "Maternidad Sardá", de Martín Rodríguez (2005)

lunes, junio 15, 2009

Tanglewood Numbers, de Silver Jews



Durante mucho tiempo las noticias sobre David Berman hablaban de adicción al crack, peleas callejeras, profundas depresiones y hasta algún intento de suicidio. "¿Cuáles son las diferencias esenciales entre "Tanglewood Numbers" y tus cuatro discos anteriores?", le preguntaron alguna vez a Berman. "Es el primero en el que he estado sobrio", respondió lacónicamente el muchacho nacido en Virginia y compañero de estudios de Stephen Malkmus (Pavement), con un sentido del humor que ha conservado intacto. "América está dominada por una música casi antihumorística. Hay demasiados artistas que se pasan el día cantando lo mal que se sienten sin expresar absolutamente nada. Son como Nirvana, que a mí siempre me parecieron unos niños llorones".

Bromas y acidez al margen, lo cierto es que el quinto disco en la carrera de Silver Jews tiene una vitalidad inusual: las letras siguen siendo tan agrias como siempre (y las temáticas, abarcadoras, van desde la vida de un pony a las desventuras de un grupo de punks melancólicos), pero la sensación que transmite la música es mucho más up que en otras ocasiones. Si hay algo que caracteriza a este disco es su poder energizante y la afortunada precisión con la que combina la tradición de Nashville con la controlada desprolijidad indie, parte de la resaca que conserva Berman luego de sus prolongadas andanzas con la gente de Pavement. Dos ex integrantes de esa banda, Malkmus y Bob Nastanovich, forman parte de una lujosa lista de invitados en la que también aparecen Tony Crow (pianista de Lambchop (quien "decora las canciones como si fuesen árbolitos de Navidad", en palabras de Berman), Will Oldham (de brevísima aparición en un par de tracks), la argentina Paz Lenchantin (Zwan, A Perfect Circle) y la actual mujer de Berman, Cassey, que se luce más de una vez en los coros. Ya sin ningún tipo de resaca, Berman grabó el año pasado con Silver Jews "Lookout Mountain, Lookout Sea", quizás el disco más luminoso y optimista de su carrera, donde hasta se da el lujo de imitar a Johnny Cash.

Más información en el site oficial de la banda.

sábado, junio 13, 2009

Ciclos

"...por esa natural sociedad en la que el que está arriba tiene indefectiblemente apoyado su pie sobre la nuca del que está más abajo, donde el que se jerarquiza asume su jerarquía luego de una previa destrucción, donde el que reina cree que es posible que su reino no cese nunca, hasta que una irrupción fulgurante y hosca le arrebata cetro y corona y lo hunde en un foso de espirales fortuitas y deglutientes y permanece de pie sobre sus despojos estableciendo a su modo una nueva era de orígenes nefastos y culminación invariable" ("Fuego para Rivarola", Juan José Saer, 1957)

lunes, junio 01, 2009

Van Morrison - "Astral Weeks: Live at the Hollywood Bowl", por Pablo Strozza

"Astral Weeks de Van Morrison fue un disco particularmente importante para mí. Cuando salió, yo era una ruina física y mental, los nervios y los fantasmas me rallaban y las arañas se avecinaban y ocupaban mi mente. Mis contactos sociales se habían reducido al mínimo, y la presencia de otras personas me ponía nervioso y paranoico (...). Sonaba como que el tipo que había hecho Astral Weeks estaba sumido en un terrible dolor, algo que los discos anteriores de Van Morrison sólo habían sugerido pero, como en los últimos álbumes de Velvet Underground, había un elemento redentor en la oscuridad, en la última instancia de la compasión por el sufrimiento de los demás, y también una franja de pura belleza y reverencia mística, que abarcan hasta el corazón de la obra".

Así hablaba Lester Bangs, uno de los críticos de rock más reconocidos de todos los tiempos, sobre Astral Weeks, segundo disco solista de Van Morrison, grabado en 1968, nunca presentado en vivo de manera completa ("la compañía nunca me apoyó para eso", dijo Van) y, de manera unánime, uno de los más celebrados discos de rock de toda la historia del género: tanto es así, que ocupa en número 19 en la lista de la revista Rolling Stone realizada en 2003 sobre los 500 discos de rock más importantes de todos los tiempos, y para la revista Mojo es el segundo mejor disco de la historia, según una votación de 1995.

Cuarenta años después, y tras una carrera que incluyó incursiones por casi todos los géneros del rock and roll, tamizadas por su voz de "puro tenor irlandés", Van The Man (apodo que le quedó al hombre tras su espectacular performance en The Last Waltz de Martin Scorsese, rockumental despedida de The Band) accedió a tocar de manera íntegra su mejor placa en el Hollywood Bowl de Los Angeles. Y el resultado confirma la leyenda de Astral Weeks. Con una big band con tintes jazzeros ("provengo del jazz", señaló Morrison en una de sus contadas entrevistas, hace muy poco), el cantante arremetió con esa obra que remite a una Belfast idealizada, soñada y, hoy por hoy, ya inexistente. La referencia a la avenida de los cipreses ("Cyprus Avenue"), citada tanto en esa canción como en "Madame George" (el tema más destacado del disco en 1968 y en 2008 también, y que, desmintiendo todos los rumores, no trata sobre un travesti), el inequívoco sabor a cerveza Guinness, el scat con copyright Morrison, las improvisaciones atonales en vivo: todo esto sirve para potenciar al disco original y no para opacarlo. Una deuda saldada con la historia, como la grabación del Smile de Brian Wilson, y las ganas de que alguien se digne, en algún momento, a traer al León de Belfast (el sobrenombre del pueblo) a estas tierras para algún concierto. Que así sea.